El futuro del PRI: entre Morena y el Verde

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27 de Junio de 2019

Por Leo Zuckermann 

Si no mal recuerdo, fue Soledad Loaeza la que algún día nos dijo que era pésima la comparación del PRI con un dinosaurio porque, a final de cuentas, estos réptiles sí se extinguieron, mientras que el PRI había demostrado, en su muy larga historia como partido, una inigualable capacidad de adaptación a las nuevas circunstancias políticas del país. Inspirado en esta idea, después de las elecciones presidenciales de 2000, cuando el otrora partido hegemónico perdió el poder a nivel federal, escribí un artículo titulado Un PRI darwinista. Argumentaba que, contra lo que pensaban muchos de que, ahora sí, el priismo se extinguiría cual dinosaurio, el tricolor seguiría vivito y coleando.

Durante el foxismo, el PRI se refugió en los estados donde tenía una gran presencia política. Desde lo local, conservó su voto duro. Los gobernadores priistas se convirtieron en los líderes partidistas y principales operadores electorales. Le sacaron mucho dinero al gobierno federal, lo cual les dio holgura para mantener una base electoral amplia. Más aún, se tomaron muy en serio la competencia electoral seleccionando candidatos carismáticos y con arrastre popular.

Rápidamente se adaptaron a las nuevas condiciones democráticas del país. El animal darwinista no sólo no se desfondó, sino que, además, paró su hemorragia electoral y volvió a ganar elecciones. En 2003, se llevaron las elecciones federales intermedias.

Tenían todo para regresar en 2006, pero se equivocaron de candidato. El PRI se dividió y obtuvo el peor resultado electoral de su historia hasta ese entonces. Se fue a un lejano tercer lugar. Sin embargo, Darwin se instaló de nuevo en Insurgentes Norte. Otra vez desde los estados consolidaron su presencia política y la acrecentaron. Volvieron a ganar las elecciones federales intermedias de 2009. Aprovecharon las divisiones en el PRD y el desgaste de los dos sexenios panistas. Ahora contaban, además, con un candidato natural a la Presidencia que los unía: el gobernador del estado más poblado de la República, Enrique Peña Nieto, carismático y con grandes recursos económicos.

El animal darwinista recuperó la Presidencia en 2012. “Un nuevo PRI”, presumían, que “había aprendido de sus errores”. En los estados había gobernadores jóvenes que prometían cambiarle el rostro al partido: Javier Duarte, César Duarte, Roberto Sandoval, Roberto Borge, los hermanos Moreira, Rodrigo Medina y Miguel Alonso.

Pero este “nuevo” PRI resultó peor que el “viejo”: mañoso, abusivo y corrupto, como no se había visto en muchas décadas.

Desde la Presidencia, Peña no solamente los solapó, sino que también cometió sus propios abusos: la Casa Blanca, propiedad de la primera dama y financiada por un contratista del gobierno; los millones de dólares que salieron de la empresa brasileña Odebrecht a cuentas que habría provisto Emilio Lozoya, primero encargado de asuntos internacionales de la campaña de Peña, luego director general de Pemex; los miles de millones de pesos de la Estafa Maestra, varios de los cuales desaparecieron en empresas fantasma.

En las elecciones presidenciales pasadas, el PRI sufrió la peor derrota de su historia. Se la ganó a pulso. El electorado los rechazó mayoritariamente por la percepción de haberse convertido en el partido más corrupto de México.

Hoy el PRI está, de nuevo, en la lona debatiendo qué hacer en el futuro. ¿Será que ahora sí se extinguirá como un dinosaurio?

No lo creo. Los priistas volverán a adaptarse.

Por una parte, muchos ya se acomodaron en Morena. Se sienten muy a gusto ahí porque el movimiento/partido de López Obrador comparte varios de los usos y costumbres priistas: la devoción al hombre fuerte en la Presidencia, el clientelismo electoral, la ideología del nacionalismo revolucionario combinada con una dosis de pragmatismo. Morena, de alguna forma, es una especie de nuevo PRI adaptado a las circunstancias políticas actuales.

El PRI, sin embargo, permanecerá como partido. Se volverá una especie de franquicia política para hacer negocios desde el poder orbitando, siempre, alrededor de la fuerza gobernante. Se convertirá en una especie de Partido Verde. Vaya paradoja: el PRI, que inventó a los famosos “partidos paraestatales”, terminará siendo uno de ellos, hoy apoyando a Morena, mañana a otro que gane. Un animal chiquitito, una rémora adherida al partido gobernante, vivita y coleando porque, gracias a su gen darwinista, evitará su total extinción

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