Vara más alta

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9 de Octubre de 2018

Denise Dresser

08 Oct. 2018 Reforma

El problema no son las 9 mil rosas, los 500 invitados, el menú, la langosta, las vallas, el vestido opulento de la novia, la música de los Ángeles Azules, las fotos de AMLO posando con Manuel Velasco y Anahí. El meollo del asunto no es que la mano derecha del Presidente electo pagara por aparecer en la portada de la revista ¡Hola! La discusión de fondo no es si la boda puede ser catalogada como "fifí", ni cuánto costó, ni el hecho de que no se pagara con recursos públicos. El motivo de la crítica legítima de tantos -incluyendo votantes morenistas- reside en lo que la boda biliosa evidenció: la distancia entre lo que el gobierno entrante prometió ser y cómo se comporta.

 

La incongruencia de quienes criticaron y con razón a una clase política ostentosa e insensible, para después emularla. La contradicción de quienes convocaron a votar por una opción que ofreció desempeñarse de manera distinta, pero actuó de manera igual. El contrasentido de quienes denostaron conductas que después mimetizaron. Uno de los ejes narrativos de la campaña de AMLO fue el juicio frontal a la frivolidad del peñanietismo. Una crítica necesaria, merecida, compartida. ¿Cómo olvidar los 400 invitados a París, la Primera Dama paseándose por Rodeo Drive, la portada de Angélica Rivera presumiendo la Casa Blanca, el tatuador invitado a Los Pinos? Escena tras escena del mirreinato mexicano; ese lugar sin límites, ese lugar racista, clasista, elitista. AMLO encaró al país de privilegios, al México de funcionarios ricos y trabajadores pobres, guaruras que custodian a algunos mientras patean a otros, vallas que protegen a los poderosos mientras excluyen a los pordioseros.

 

Millones de personas votaron por lo que él prometió, por lo que él enarboló, por lo que él se comprometió a cambiar. Gobernar con el ejemplo y que sus subordinados lo emularan. Barrer la escalera de arriba abajo, aunque se viera obligado a sacar a escobazos a sus propios colaboradores si la ensuciaban. Actuar con austeridad republicana y obligar a su equipo a hacerlo también. Por eso el desconcierto derivado de una boda que, antes de llegar al poder, AMLO habría calificado como evento de "señoritingos", de "fresas", de "blanquitos" y totalmente "Riqui riquín". Por eso la desilusión ante su respuesta: "yo no me casé" y los "adversarios" de Morena son los verdaderos malosos. Por eso el desconcierto ante los que justifican y minimizan la ostentación porque no fue financiada con dinero público. Esas no son las respuestas que se esperarían de la 4a. Transformación; esas son las evasivas que siempre nos dio el peñanietismo. Esas no son las posturas autocríticas que corresponden a la nueva era; son las defensas trilladas de los viejos tiempos. El tema no es el nivel de vida de los miembros del próximo gobierno; el tema es el compromiso con todo aquello que aseguraron cambiar.

 

Y un ejemplo mucho más trascendente que la boda de César Yáñez es lo votado esta semana en Tabasco, donde la mayoría morenista en el Congreso reformó la ley para dispensar licitaciones de obras estratégicas. Eso, dicen, allanaría el camino a la Refinería de Dos Bocas, impulsada por el Presidente electo. Eso, auguran, agilizaría la construcción del Tren Maya en su tramo tabasqueño. El fin bueno justificaría los medios malos. Pero de hecho repetiría lo que urge remodelar; perpetuaría lo que Morena denunció durante años. A lo largo del sexenio que termina, criticamos las adjudicaciones directas que sustituían a los concursos abiertos. Caso tras caso reveló que las adjudicaciones solían basarse en cuatitud y generaban corrupción; solían entregarse voluntariosamente y producían mala obra pública. Contratos amañados, costos disparados, socavones letales, constructoras privilegiadas. La 4T debería tratarse de corregir tal modus operandi, no de reforzarlo.

 

Esas son las contradicciones que se deberían evitar si el gobierno entrante quiere -en realidad- transformar. No se vale decir que son diferentes si van a actuar igual; no se vale bajar la vara a ras del suelo, argumentando que la ostentación se pagó con recursos privados o las adjudicaciones directas en este sexenio serán intachables ya que el Presidente lo afirma. Precisamente porque AMLO y Morena prometieron comportarse de otra manera, se les evaluará con un rasero distinto. La vara de medición está más alta porque ellos mismos la colocaron ahí.

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